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El fascismo está actuando en Santa Cruz, el gobierno debe investigar

Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás

Hacia un análisis del discurso de la Revolución Ciudadana


Crítica de la razón correísta
 
Por: Mateo Martínez Abarca
Hace escasamente un año, en el mes de febrero del 2012, Rafael Correa concedía una entrevista -más bien un monólogo- al periódico gubernamental El Telégrafo. En aquella ocasión y entre los elementos más memorables y no menos contradictorios de su discurso, declaró que “Básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes que cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa.” (Presidente Rafael Correa, Entrevista, Diario El Telégrafo, 15.1.2012).
Han pasado poco más de doce meses y Correa vuelve a conceder una entrevista a diario El Telégrafo, conducida en esta ocasión por su director, el“periodista” Orlando Pérez. Coloco comillas en la palabra periodista, emulando el gusto del propio Pérez por relativizar de la misma forma todo aquello que no vaya de acuerdo con su posición, como por ejemplo cuando se refiere a la izquierda crítica con el gobierno o a la misma Constitución de Montecristi. A pocos días de las elecciones presidenciales en Ecuador, vale la pena esbozar una lectura minuciosa del discurso de Correa, con el afán de comprender el horizonte actual de la llamada “Revolución Ciudadana”.
Para iniciar la entrevista, Orlando Pérez cita al filósofo alemán Martin Heidegger para fundamentar su pregunta: “Heidegger decía que la revolución no significa mera subversión y destrucción, sino levantamiento y recreación de lo acostumbrado para así reestructurar el comienzo. Le digo esto porque usted ha manifestado en los últimos días que en estos años “se ha hecho bastante bien de lo mismo”. Entonces, ¿qué va a hacer en cuatro años más que no sea lo mismo y reestructure el comienzo, como dice Heidegger?”
De entrada, salta a la vista y asombra que Orlando Pérez se refiera a un filósofo muy conservador y próximo en algunos pasajes al nazismo como Heidegger, para indagar sobre el problema de la revolución. Parecería que por querer sorprender a Correa mediante el uso de un gran nombre intelectual, a Pérez se le olvidó sorprenderse a sí mismo primero; y antes de la entrevista, reflexionar bien sobre las implicaciones en torno al núcleo intelectual heideggeriano. Vale recordar que, tal como afirma Alain Badiou: “Heidegger es, por cierto, un gran filósofo, y al mismo tiempo, un nazi absolutamente común y corriente”.
El uso de Heidegger es interesante -y esta es la razón por la que lo cito aunque parezca superficial-,justamente porque muestra el tipo de contradicciones e incoherencia conceptuales que acontecen al interior de la Revolución Ciudadana. Pero bien, la respuesta de Correa a la pregunta “heideggeriana” es igualmente sorprendente: “A lo que me refiero es a la parte técnica, pero en la parte política no se ha hecho más de lo mismo. La relación de poder en este país ha cambiado. Aquí ya no mandan los banqueros, la burguesía, los medios de comunicación, los organismos internacionales, los gringos... Aquí manda el pueblo ecuatoriano, y en eso el cambio ha sido radical. Ya en la parte técnica-matriz productiva, etc.- no hemos tenido gran diversificación, por eso nosotros mismos hemos hecho la autocrítica de que nos ha ido bastante bien, y hemos hecho bastante bien lo mismo de siempre. Tenemos que hacer cosas nuevas y mejores. Ese es el gran desafío”
La respuesta de Correa podría sintetizarse de la siguiente forma: En Ecuador ha cambiado el balance de poder, pero no las estructuras. ¿En qué medida dentro de un proceso revolucionario puede cambiar realmente el balance de poder sin cambios en las estructuras? La respuesta desde un discurso crítico de izquierda es simple: no se puede hacer una cosa sin la otra. Por supuesto en Ecuador han habido cambios políticos, pero no de la naturaleza a la cual se refiere Correa. Si recordamos su discurso de hace un año citado anteriormente, encontramos la explicación a por qué “en la parte técnica”, no han habido cambios: sencillamente porque, para el mismo Correa, el propósito de esta “revolución” no es el cambio estructural. Tan solo, hacer mejor las cosas con el mismo modelo (de capitalismo extractivo) de acumulación y además sin afectar a los sectores que concentran la riqueza. Hacer más de lo mismo, aunque bien. Ese parecería ser el concepto de “revolución” tal como lo comprende Correa.
Pérez, preocupado por esta carencia en “la parte técnica”, pregunta entonces: “¿qué es lo que falta?”Y Correa, en un tono aparentemente cansado -la entrevista se hizo a las 2 de la mañana-, contesta: “Por ejemplo, diversificación de la materia productiva; dentro de eso, diversificación de la matriz energética, que ya lo estamos haciendo. Estamos sembrando y en 2016 cosecharemos, y de qué forma; convertiremos al país -por primera vez en la historia- en exportador de servicios, de energía limpia, renovable. Eso es un cambio histórico.”
Para comprender esta respuesta, hay que referirse a un informe que presentó hace pocos meses la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo del propio gobierno; el cual reconoce que en estos seis años de gobierno:
“(...) el desarrollo del país sigue anclado al petróleo y la exportación de productos primarios: 71% del aparato productivo del país se sostiene en la producción de bienes primarios, el 8% en los servicios y apenas el 21% en la producción de bienes industrializados. En el 2006, un 56% del total de exportaciones no petroleras correspondían a bienes primarios, porcentaje que aumentó en el 2011, cuando registró 61%. El peso de las exportaciones de manufacturas, que tienen más valor agregado, se redujo en cinco años. En el 2006 era el 40% del total de exportaciones no petroleras. En el 2011 fue del 36%.” (Diario El Comercio, Quito, “Nuevo Plan para cambiar el aparato productivo del país.” 26 de Septiembre del 2012).
Posiblemente en seis años sea muy difícil cambiar la matriz productiva del país y haya que esperar pacientemente hasta el 2016. El problema es que, tal como el mismo Correa dice, se “quiere seguir haciendo lo mismo pero bien”. Concepto que habría que contrastar con el comienzo de la explotación de mega minería a gran escala y a cielo abierto, iniciada en el 2012; la actual nueva ronda de licitaciones petroleras que ampliará la frontera extractiva en la amazonía ecuatoriana, y además, last but not least, el enorme proceso de sobreendeudamiento con China. ¿A esto se refiere Correa con hacer cosas nuevas y mejores? Lo que es claro es que no solo se está haciendo “lo mismo pero bien”, sino que inclusive se está haciendo lo mismo, pero mejor (desde la lógica y dinámica del capitalismo). Esa es la razón por la cual eligió como fórmula vicepresidencial a Jorge Glas, personaje cercano a las transnacionales chinas, derrotando así a la pequeña “izquierda” interna que aún subsiste en el gobierno que proponía un candidato con mayor coherencia ideológica, como Fander Falconí. Si el horizonte es ese y, de ganar Correa las elecciones, posiblemente en cuatro años volveremos a escuchar el gatopardismo que escuchamos ya ahora, solo que en un escenario de recomposición aún mayor de la derecha.
En lo posterior, Orlando Pérez dirige la entrevista hacia el tema de la campaña y el liderazgo personal de Correa. Como se sabe, una de las críticas al actual proceso ha sido la excesiva concentración de los poderes en torno al ejecutivo y, más aún; la enorme personalización de la política en torno a la figura de Correa. Por supuesto y como muestra la historia, los caudillos tienden a verse a sí mismos de manera humilde, casi como si ostentar el poder no fuera su culpa, que es el destino o la Historia la que ha puesto en sus manos la misión de redimir al pueblo, que los liderazgos son pasajeros o que él realmente no es importante. Justamente Correa responde en esos términos: “Lo que más me molesta es que alguien se llame correísta, ni yo soy correísta, (...) Pero estoy de acuerdo: no nos llamemos correístas, esto no hay que personalizarlo, todos somos necesarios, nadie es imprescindible. Esto es una propuesta, un proyecto político, un trabajo de decenas de miles de personas, y tiene que continuar con o sin Rafael Correa”.
El problema es que en Ecuador todos sabemos muy bien -y lo sabe Orlando Pérez, de otra forma no habría insistido en esta pregunta-; que, gracias a la propia intencionalidad política del gobierno, no puede disociarse en absoluto la “Revolución Ciudadana” de la figura de Correa. Nunca hubo un intento serio de articular socialmente este proceso político con, digamos, los movimientos sociales. Alianza País no pasa, aún luego de seis años, de ser un mero movimiento electoral que gira en torno a Correa y que paulatinamente ha ido conquistando para sí la estructura del Estado. Ello se ha puesto en evidencia en la actual campaña, en la cual han abundado denuncias sobre el uso de bienes públicos a favor de la candidatura oficial. De hecho, el propio diario El Telégrafo, que en sus inicios fue parte de un ambicioso proyecto de constitución de nuevos medios públicos, es hoy, en mucho gracias al mismo Orlando Pérez, ni más ni menos que parte de un aparato enorme gubernamental de propaganda de masas.
En consecuencia hay que tomar la humildad de Correa sobre su propia figura, como lo que realmente es: la confirmación de que en el fondo, para él, su liderazgo es el centro político de todas las cosas. De hecho, más adelante en la entrevista, confirma sin dejar espacio a dudas, que, desde su perspectiva, es él la causa primera de este proceso: “Alianza País fue el resultado de un movimiento espontáneo ante tanta decadencia, al ver el éxito que tuvieron mis escasos tres meses en el Ministerio de Economía, por el entusiasmo que habíamos despertado en la gente, porque habíamos demostrado que se podía hacer las cosas de diferente manera.”
No tendría importancia la típica banalidad personal de los caudillos, si no fuera porque en Ecuador existía, sobre todo desde inicios de los noventas, una amplísima y muy diversa movilización popular, que de hecho logró bloquear con éxito el avance del neoliberalismo. Para Correa eso no tiene la menor relevancia. Es decir, no tienen relevancia ni los procesos históricos ni las luchas sociales. Es él, solamente él, quien gesta el momento actual y para colmo, gracias a tan solo tres mesecitos en el ministerio de Economía (durante el 2005). Ante tal arrogancia y desparpajo, no cabe otra respuesta que la de un pensador como Walter Benjamin, esta vez sí y a diferencia del Heidegger de Pérez, revolucionario: “...la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella.” (Tesis V sobre la Historia).
Pero para que el Rey quede completamente desnudo, haría falta poco más que una pregunta, esta vez muy aguda y pertinente de Orlando Pérez: ¿cuán anticapitalista es el proyecto político de Alianza PAIS y de Rafael Correa? La respuesta, que transcribo en su totalidad, fue la siguiente:
“Yo detesto esa palabra. Yo creo que ese es uno de los errores de la izquierda tradicional: ser“antitodo”. Como algunas cosas que espantan a los jóvenes: los intelectuales, esos anacronismos, o sea que un obrero no usa el intelecto. Superemos esos conceptos, esos criterios. No somos anticapitalistas, no somos antiyanquis, no somos antiimperialistas, somos pro justicia social, pro dignidad, pro soberanía. Y uno de los errores de la izquierda supuestamente dura, con sus contradicciones -como conversábamos antes de esta entrevista-: ahora están defendiendo a los medios mercantilistas de comunicación para salir en la foto, pero ellos son anticapitalistas, están en contra de la propiedad privada, etc., esas son sus contradicciones. Uno de los errores de la izquierda tradicional-que ya hasta Cuba la está corrigiendo- es haber negado el mercado, negado el espacio para la economía capitalista moderna, o sea no se puede prescindir -al menos en el mediano o corto plazo- de ese segmento, colapsarían nuestras economías. Entonces es necesario hacer un socialismo, buscar justicia social, democratización de los medios de producción, etc., pero entendiendo que debe haber un segmento capitalista moderno porque, si no, la economía sufriría.”
¿Un discurso de izquierda que no es ni anti capitalista ni anti imperialista? ¿Un discurso socialista que incluye espacios para la economía capitalista moderna? A lo mucho, podría decirse que en el nivel discursivo, estirando, Correa no pasaría de entender la política o la economía desde una perspectiva social demócrata. Es decir, aceptar el capitalismo (actualmente en crisis) aunque mitigando sus terribles consecuencias sociales. De hecho, el éxito aparente de algunas de las políticas económicas del gobierno en este tiempo de crisis mundial, ha sido justamente de tipo socialdemócrata. Sin embargo, cabe preguntarse en qué forma constituye esto una alternativa profunda o si se trata de simples remedios temporales e insostenibles a largo plazo, dadas las condiciones actuales de irremediable podredumbre a escala civilizacional del capitalismo. Tal como se lee en un graffiti en las paredes de muchas ciudades del mundo: reformar el capitalismo, es como perfumar la mierda.
El discurso de Correa no contiene realmente una “vocación utópica de futuro”, tal como la definiría el pensador Alberto Flores Galindo. Y si se trata, en palabras del propio Correa,“de hacer lo mismo pero mejor y sin afectar a los sectores que más concentran la riqueza”, poco se puede pensar de un horizonte de izquierda -menos aún socialista- en el actual proceso ecuatoriano. Pero ¿qué es la izquierda? Porque desde una perspectiva pragmática, podría decirse que la socialdemocracia es en el actual contexto una alternativa, sobre todo en países donde la crisis está golpeando muy fuerte como los europeos. Una reflexión como esta, salvando las distancias, llevaría a admitir que, por ejemplo, el PSOE español o el gobierno socialista de Hollande en Francia, pueden constituir alternativas a la crisis. No lo son, en absoluto, aunque posiblemente sean menos peores que el actual gobierno del Partido Popular o el anterior gobierno de Sarkozy.
Pero la izquierda es mucho más que esta lógica de “lo menos peor”, del posibilismo pragmático que renuncia a a la vocación utópica de transformación y decide sencillamente gestionar más humanamente aquello de inhumano que descansa en el núcleo mismo del capital. En palabras del filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría:
“En el origen y en la base del ser de izquierda se encuentra esta actitud ética de resistencia y rebeldía frente al modo capitalista de la vida civilizada. Esta actitud y coherencia práctica con ella, que es siempre detectable en la toma de partido por el “valor de uso” del mundo de la vida y por la “forma natural” de la vida humana, y en contra de la valorización capitalista de ese mundo y esa vida, es lo que distingue, a mi ver, al ser de izquierda, por debajo y muchas veces a expensas de una posible “eficacia política” de un posible aporte efectivo a la conquista del poder estatal “en bien de las mayorías”. (Echeverría, 2006: 263).
El poder estatal ha sido, en efecto, conquistado por Correa y su movimiento. Pero de su discurso se desprende que no hay por ninguna parte, aquella actitud y horizonte ético (y político) anticapitalista. Se trata de un gobierno que podría definirse de muchas maneras, pero no como uno de izquierda. Para la izquierda ecuatoriana que si tiene como horizonte ético y político la construcción de una modernidad post capitalista -izquierda en la cual, por cierto, se incluyen movimientos sociales como el indígena que han sido atacados y perseguidos constantemente por el gobierno en turno-; luego de seis años de aprendizaje queda absolutamente claro que el gobierno de Correa constituye uno de los más ambiciosos y autoritarios proyectos de modernización capitalista en la historia republicana.
Fuera del Ecuador, el gobierno de Correa representa algo así como la proyección de las fantasías de una parte de la izquierda internacional -sobre todo europea-, que ya ha probado antes su incapacidad teórica y práctica de comprender y aproximarse a las luchas sociales históricas concretas de América Latina. Por ello, se acepta y defiende al gobierno de Correa como uno más de la corriente continental de izquierda, sin beneficio de inventario o perspectiva crítica. Cabe aclarar que no se trata de menoscabar algunos elementos positivos que, como todo proceso político, sí tiene el gobierno. Más bien, es necesario darles el lugar y la dimensión correctas, en vez de andarse creyendo que, tal como reitera una y otra vez la propaganda gubernamental, la “revolución” en Ecuador está realmente en marcha.
La entrevista de Orlando Pérez concluye con un Correa alabando a las transnacionales “De lo que hemos hablado -del espacio para la economía capitalista moderna, por ejemplo- son las grandes transnacionales las que generan conocimiento, ciencia, tecnología, porque tienen capacidad de acumulación y no se puede prescindir de esas cosas (...)”, palabras que hablan por sí solas y no necesitan comentario; o profundizando su ataque a la prensa como es habitual, aspecto que tampoco merece atención en este trabajo.
Más bien y para terminar, es necesario decir que el propósito de este brevísimo análisis del discurso de Correa, ha sido mostrar críticamente algunas de las contradicciones internas que lo atraviesan. Queda la tarea aún más importante de establecer los modos a través de los cuales, la izquierda y los movimientos sociales en Ecuador, puedan resistir desde una práctica genuinamente anti capitalista a esta nueva técnica de dominación política, que incluye -como se ha visto en el discurso de Correa-, elementos propios de la misma izquierda, a pesar de implicar, en términos concretos y objetivos; todo lo contrario.
Mateo Martínez Abarca. Doctorante en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ex articulista invitado de diario El Telégrafo, autor de“El Cascabel del Gatopardo. El gobierno de la revolución ciudadana y el movimiento indígena”

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