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El fascismo está actuando en Santa Cruz, el gobierno debe investigar

Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás

Allende en las luchas de hoy




Por: Camila Vallejo Dowling
Al cumplirse cuarenta años del golpe de Estado que instaló los 17 años de dictadura militar en nuestro país, hablar de Allende no es solo hablar del pasado. Es también hablar de presente y de futuro.
Aquel hombre —del que la actual generación de “cincuentones” de nuestro país nos trasmite sus recuerdos de niños cuando veían o escuchaban hablar al Compañero Presidente— posee como pocos chilenos, una vigencia planetaria fuerte y vigorosa. Las ideas de Allende no son solo las ideas de la época que le tocó vivir, sino las ideas de un espacio de tiempo mucho más amplio: son las ideas en pos de la emancipación de América Latina.
Llegó a La Moneda luego de tres intentos fallidos, militante socialista que apostó siempre a una amplia convergencia popular que se opusiera al bloque imperialista y oligarca que acumulaba capital a costa de la riqueza chilena. La de Allende era una apuesta que se denominó “pacífica” pues buscó llegar al Gobierno mediante sufragio universal, contraviniendo las lecturas de su propio partido que en 1967, en Chillán, quiso dar por cerrada la vía institucional y llamaba a la conquista armada del poder en Chile.
Y con esas particularidades que lo hacen un inédito luchador social, se comprometió y avanzó en un ambicioso programa de transformaciones sociales: “Hemos triunfado para derrotar definitivamente la explotación imperialista, para terminar con los monopolios, para hacer una seria y profunda reforma agraria, para controlar el comercio de importación y exportación, para nacionalizar, en fin, el crédito, pilares todos que harán factible el progreso de Chile, creando el capital social que impulsará nuestro desarrollo” señaló en los balcones de la FECH el día de su histórico triunfo electoral.
Los mil días de la Unidad Popular fueron para el pueblo chileno un inédito proceso que significó un gran sacrificio y, de la mano de éste, un empoderamiento real en el devenir de nuestra sociedad. Fueron mil días donde a través de los partidos políticos populares, los sindicatos, federaciones, cordones industriales y Juntas de Abastecimientos y Precios (JAP) germinó un poder popular en Chile que se enfrentó directamente con el capital foráneo y los intereses imperialistas en nuestro territorio, que realizaban permanente sedición con el objetivo de desestabilizar a Allende, incluso antes de su ascenso, con el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, René Schneider.
La experiencia de Allende y su ambicioso programa no fue una experiencia derrotada, sino que interrumpida. Su figura no es solamente la imagen épica de un “presidente idealista” cayendo abatido o suicidándose en La Moneda y dejando un proceso truncado. Allende supo otorgarle actualidad histórica y universal al problema de la transformación revolucionaria de nuestro país y nuestro continente, trazando un camino que gran parte de Latinoamérica recorre hoy, en otro contexto y con otras correlaciones de fuerza internacionales. Cada día que los gobiernos del continente que han nacido de las luchas sociales y que poseen un programa emancipador, avanzan en sus objetivos centrados en la dignidad del ser humano, podemos respirar el legado de Allende.
Sin embargo, el camino trazado por Allende no es fácil: requiere de una mirada a largo plazo, y de una tenacidad que pocos partidos y organizaciones tienen en la mirada cortoplacista que rige la política. Pero como todo buen camino, recoge sus más altas garantías de éxito en la vista segura que pone sobre el objetivo principal: la superación del capitalismo salvaje y el porvenir de la humanidad. Es la articulación de un amplio “proceso de rupturas” con la democracia institucional burguesa, por un lado, y el modelo económico capitalista, lo que sustenta el proyecto allendista. Toda verdadera ruptura con el orden imperante es un proceso, y no un acontecimiento único que parte la historia por la mitad. Lejos de eso, la historia y especialmente la historia de los movimientos y procesos revolucionarios avanza en zancadas más bien largas. ¿Qué es lo que separa a Allende de la inspiración socialdemócrata?: el hecho de que los objetivos revolucionarios, incluso de inspiración leninista, se mantienen intactos en el horizonte que guía el qué hacer actual. Hoy, cuando el pueblo de Chile retoma las riendas de la historia gracias a la fuerte y consistente emergencia de los movimientos sociales y los trabajadores, es cuando más vigencia cobra Salvador Allende.
Su significación actual tiene que ver con la tarea de generar un nuevo articulado de ideas, una nueva concepción estratégica sobre cómo debemos construir un nuevo Estado para un nuevo tipo de sociedad. Según el pensamiento allendista, tal concepción estratégica debería poner en el centro al menos tres cosas; la particularidad nacional de cada proceso, una política de alianzas justa que mantenga la independencia de los sectores explotados y oprimidos y el carácter democrático del proceso revolucionario, siendo este último punto indispensable y fundamental.
Allende no fue ingenuo ante el inminente peligro de un golpe de Estado y señaló desde el primer día el modo de evitarlo: “la fuerza vital de la unidad romperá los diques de las dictaduras y abrirá el cauce para que otros pueblos puedan ser libres y puedan construir su propio destino”. Esa unidad que tan esquiva ha resultado entre los sectores revolucionarios, progresistas y democráticos, resulta cada vez más una obligación para poder realizar efectivamente programas transformadores en nuestras sociedades.
Como decía Allende, la lucha del pueblo de Chile no es una lucha de generaciones, menos el monopolio de un solo partido, la lucha debe ser de los trabajadores, de los estudiantes, de los profesionales y de las múltiples organizaciones sociales y políticas dispuestas a asumir el desafío de la unidad a pesar de las diferencias, porque han comprendido la labor histórica en la que vivimos.
Y esto, porque necesitamos recuperarnos de las terribles consecuencias que nos dejó la dictadura si queremos vivir realmente en democracia. Chile resolvió el problema del dictador, pero aún no resuelve su legado, el modelo político, económico y social que nos impusieron civiles y militares a costa de la sistemática violación a los derechos humanos.
En la actual batalla por recuperar derechos sociales debemos señalar que no es compatible el respeto y la garantía de nuestros derechos con la hegemonía del mercado, no es compatible la democracia con el capitalismo neoliberal.
Con mayores posibilidades de realizar una acción mancomunada desde distintos sectores de un continente que materializa la movilización social en proyectos políticos de transformación y emancipación, el allendismo retorna con fuerza y su legado revolucionario cobra más vigencia que nunca.
La autora fue presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile

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