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El fascismo está actuando en Santa Cruz, el gobierno debe investigar

Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás

Las mujeres en octubre


Por: Julieta Paredes Carvajal

Por supuesto que queremos un proceso con memoria, como dice la Adriana, pero al escuchar los discursos vertidos en los actos recordando los hechos de octubre de 2003, nos da para pensar que las revoluciones e insurrecciones son unisex, es decir, que los hechos son recordados desde una memoria de hombres, como si las mujeres no tendríamos nada que ver con la construcción de nuestro país y nuestro futuro, como si hubiésemos estado ausentes de esas jornadas, donde pusimos a andar el proceso de cambio.

Las mujeres sostuvimos la cotidianeidad de la insurrección de octubre de 2003, esa cotidianeidad que construye la posibilidad de resistencia y por último define capitulaciones. Si en 2003 logramos echar al Gringo, es porque las mujeres cuidaron la logística de la lucha. Además de participar en las calles, marchas, bloqueos, etc., las mujeres alimentaron a todo el pueblo, prepararon la comida, cuidaron a las wawas, abrigaron los cuerpos, consolaron, lloraron los muertos, en fin, cuánto trabajo y cuánto aporte.

Cuando en sus discursos los hermanos se refieren a la insurrección de octubre como la guerra del gas, es que en realidad no han reflexionado sobre lo que significa vivir una guerra, hay que aclarar que nunca ocurrió una guerra del gas, nunca hubo dos ejércitos o dos bandos armados, no hubo ningún conflicto armado, hubo un genocidio perpetrado por fascistas que atacaron al pueblo desarmado y mataron niñas.

Fueron días de desangrar nuestras esperanzas, al ver que mataban a nuestros hermanos, pero a la vez desarrollábamos estrategias de lucha a través de la radio. Esos días, en medio de las luchas, yo compuse una canción, en la cual, inspirada en el cinismo de quienes habían dejado de creer en las utopías, los yuppies bolivianos amanecieron con un pueblo insurrecto y al atardecer veían cómo los chojchos y las cholas tomaban las calles y les obligaban a quitarse la corbata, como símbolo de los deseos de descolonización y denuncia de la discriminación. En medio de esas sensaciones, escribí una canción que en una de sus estrofas dice:

“Cuando las hojas de otoño se caen y todo parece igual / cuando el reloj ha chorreado sus horas sobre la misma pared / cuando el dolor anestesia al amor / cuando el amor crucifica la fe / cuando la fe resucita los monstruos dormidos / que oprimen mi piel / mira octubre amaneciendo / con flores rojas regadas / sobre el asfalto botado un corazón / reclama su derecho al amor...”.

Los clase de medieros derrotados en su escepticismo, cuestionados en su oportunismo, se enfrentaron a su inutilidad. Todos ellos y ellas, que le habían servido tan bien a los neoliberales, en octubre de 2003 no tenían nada para decirle al pueblo y temían ser desplazados. Por eso, en medio de tanta lucha, tenían que hacer alguna cosa, que no implique mucho esfuerzo y reposicione a la clase media. Todo eso fue la huelga de hambre y  el intento de querer arrebatar al pueblo el protagonismo; intentos que todavía son motivo de bronca y angustia, cuando ven al indio de presidente y a un montón de cholas que ya no quieren ser sus empleadas domésticas.


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