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El fascismo está actuando en Santa Cruz, el gobierno debe investigar

Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás

"En Bolivia se está segmentando el asunto campesino del indígena"

Entrevista a Raquel Gutiérrez Aguilar
Raquel Gutiérrez es mexicana, pero buena parte de su vida y su militancia transcurrió en Bolivia: durante 20 años formó parte del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), junto a Felipe Quispe y al actual vicepresidente Álvaro García Linera, y del grupo Comuna, en el que se plasmó desde la intelectualidad el devenir de los movimientos sociales en los 90.
Su libro Los ritmos del Pachakuti es una de las mejores descripciones que se ha hecho del proceso histórico llevado a cabo en el país entre los años 2000 y 2005, que permitió la asunción de Evo Morales.
Actualmente trabaja en la Universidad Autónoma de Puebla (México), desde donde dirige sus investigaciones sobre los movimientos sociales latinoamericanos.
¿Cuál es tu análisis del proceso de cambio que vive Bolivia?
Juzgando no desde lo fáctico, sino del horizonte de los deseos más profundos que estaban en juego en el 2000-2005, es decir una voluntad reapropiadora de la riqueza material y de recomponer los términos de participación en lo político, se ha avanzado poco. Se ha mejorado la situación del indígena como sujeto social y se ha infundido una especie de ánimo a esa "bolivianidad” antes tan apachurradita.
El boliviano antes no quería ser boliviano, y ahora es respetado e incluso admirado en otros lugares del mundo. Por otra parte, el gobierno de Evo Morales ha coincidido con un momento interesante de aumento de precios de las materias primas, como ha ocurrido en la mayor parte de los gobiernos progresistas de América Latina. Eso sumado a ciertas modificaciones del uso de esos recursos.
Pero, lastimosamente, las políticas sociales en Bolivia han seguido el camino de la política de seguridad democrática, como en México o Colombia. Es decir, transferencias de dinero como parche a las peores barbaridades que generan las políticas neoliberales. El Gobierno boliviano presume del bono Juancito Pinto y de otros, que pueden ser novedad para Bolivia, pero si los miramos en términos geopolíticos no es ninguna maravilla, porque con eso cuentan todos los peores regímenes latinoamericanos.
Esta manera de hacer la transferencia de recursos a partir de monopolizar la decisión estatal en términos de donante ya la conocemos en el continente, es la relación blanda del capital, y abdica de la aspiración de aquel pináculo de energía boliviana en  2003 que era la reapropiación de lo que me corresponde y ponerme de acuerdo en la manera de gestionarlo.
Se vuelve a pensar únicamente en términos de producción del capital, y abdicas en modificar visiones generales de la reproducción de la vida, incluida la reproducción del capital. Tomas simplemente el punto de vista de quienes sólo pueden vivir si hay un capital, es decir la burguesía y las clases medias.
Hay una resignificación de lo político: quien pretende mantenerse en el mando promete, pero no se compromete a quedar sujeto al control desde abajo. No se compromete a deliberar con los otros.
Hay algunas deserciones del Gobierno, no sólo desde las clases medias intelectuales o ligadas al ecologismo, sino también desde algunos movimientos indígenas como la CIDOB o el Conamaq.
En Bolivia se está segmentando el asunto campesino del asunto indígena. Se está rompiendo el asunto de que tierra y territorio es una unidad y que la cuestión principal es acerca del uso común del territorio. Eso se negoció con la derecha para aprobar la Constitución enmendada que rige ahora en Bolivia después de la masacre de  Porvenir, después de las grandes movilizaciones en defensa al Gobierno. El problema campesino empieza a ser un problema de producción agraria.
Por otro lado, el tema indígena lo empieza a llevar hacia los derechos culturales. El conflicto del TIPNIS es la síntesis de esa tensión, de cómo se fractura el horizonte comunitario popular habilitando ahora dos claves interpretativas que pueden ser manipuladas para su confrontación. Por un lado, el indígena como atrasado, conservacionista, que además se alía con los peores reaccionarios blancos de las ONG;  por el otro lado, los campesinos que quieren implementar pequeños o grandes procesos de acumulación aliados al capital brasileño en una carretera donde las mercancías circulen rápido.
Estos planes contradicen el discurso internacional sobre la Madre Tierra y el Buen Vivir, por ejemplo.
Fuera de Bolivia, donde no tiene que gobernar, Evo Morales puede esgrimir argumentos sociales que enriquecen su significado simbólico en todo el continente. Sin embargo, internamente se ha tenido que restringir cada vez más por un tipo de mando que contradice lo comunitario. El Evo es una anomalía política, un luchador social, una persona que es de origen indígena, que conoce, y su forma humilde de estar en el mundo está engendrada por una matriz indígena, de producción de prácticas que descolocan las cosas. Pero desde afuera sólo se ven los rasgos amables del proceso.
Por Tomás Astelarra y Matías Pujol /  Marcha.org.ar
Twitter @escuelanfp

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