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El fascismo está actuando en Santa Cruz, el gobierno debe investigar

Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás

Canchas Blancas: Los vencedores


Por: Airton Laureano Chambi Ocaña
Canchas Blancas es una pampa amplia sin vegetación, pero rodeada de cerros y sinuosas colinas. En medio de todo ese altiplano existía una pequeña laguna, resabio de las lluvias de fin de año, único ojo de agua en varios kilómetros a la redonda. Por lo tanto era un punto estratégico de gran importancia militar.
La V División era la designada para defender ese sector. Estaba compuesta por 750 voluntarios indígenas, como tropas auxiliares y de apoyo. Los batallones Bustillo 1ro. de Potosí, de 465 hombres; Ayacucho 2do. de Potosí, de 464; Chorolque 3ro. de Potosí, de 524; Granaderos 3ro. de Tarija, de 400. y el escuadrón Méndez de 440, un total de 3.043 defensores bolivianos.
Durante varios meses, la V División se encontró en Cotagaita esperando órdenes de su comandante, el Gral. Narciso Campero. En su peregrinar por el altiplano, llegaron al cerro de San Cristóbal, allí Campero dividió sus fuerzas. Parte de los batallones Méndez, Chorolque, Ayacucho, Tarija y el escuadrón Méndez junto con varios indígenas auxiliares, haciendo un total de 500 combatientes, todos bajo el mando del coronel Lino Morales, debían de avanzar hacia Canchas Blancas para constatar y de ser necesario detener el avance chileno.
Campero se quedaría con el resto de las tropas en San Cristóbal. Morales contó con el apoyo del coronel Juan Bautista Ayoroa, del teniente coronel Teodoro Villarpando y del coronel Ezequiel Apodaca, quien redactaba su diario de campaña (documento que hoy es de gran valor histórico).
Existen versiones de que Campero dividió sus tropas debido a que desconfiaba del Cnl. Morales, quien no apoyaba su idea de derrocar al presidente Hilarión Daza, es así que para librarse de oficiales y tropa cuya lealtad era dudosa los envió a Canchas Blancas.
Emboscada
De acuerdo con el libro Memoria del Cnl. Ezequiel Apodaca, al mando del Cnl. Lino Morales, 500 efectivos estaban dispuestos a enfrentar a los 1.400 soldados chilenos, enviados por el coronel Ambrosio Letelier para ocupar Potosí. Las tropas bolivianas tomaron posiciones en las colinas que rodeaban el ojo de agua, esperaban y confiaban en que las tropas chilenas no las descubrieran. Allí esperaron a ración seca, sin fogatas ni nada que los delate.
Era el atardecer del 12 de noviembre de 1879, cuando las tropas chilenas arribaron, avanzando desordenadamente, buscando agua, que bebieron ellos y sus caballos, eran las ocho de la noche. Aprovechando la oscuridad y el desorden del enemigo sediento, Morales dio la orden, los soldados atacaron por el frente, las patrullas por los flancos y las tropas indígenas cubrieron la retaguardia, siendo una emboscada sangrienta, como dice el diario de Apodaca: “Eran las ocho de la noche más o menos. Los jinetes chilenos que llegaron a la aguada estaban desmontados, se dio la orden de ataque. Se deslizaron silenciosamente los bolivianos, mientras los indios ganaban la retaguardia del enemigo para caer sobre sus provisiones. Los chilenos se dispersaron, las contraseñas expresadas en quechua y términos chapacos hacían que en la oscuridad no haya confusión entre los nuestros. Los san lorenceños del escuadrón Méndez atacaron a machete y cuchillo limpios.
Se escucharon ayes de dolor cuando las armas blancas se hundían en vientres y gargantas. Transcurrieron tres cuartos de hora y los tiros se fueron alejando, y conforme seguíamos avanzando contra el enemigo,  de rato en rato se sentía silbar la piedra de hondas indias dando caza a algún fugitivo, en este afán llego la medianoche y los chilenos quedaron rechazados, destrozados”.
En este combate, Bolivia perdió a 50 de sus hijos, que perecieron en la batalla y otros 300 fueron heridos, por su parte el Ejército chileno tuvo que lamentar la muerte de 330 de sus hombres y 400 heridos, muchos de los cuales debido a la gravedad de sus heridas fallecerían a los pocos días de la batalla. Uno de ellos, el soldado Jorge Donoso Amautegui informo a Morales antes de morir que la misión de la tropa chilena era ocupar Potosí y Chuquisaca para luego avanzar hacia la frontera con Paraguay, misión que nunca se logró.
Entre todos los que lucharon ese 12 de noviembre de 1879 estaban hombres del sur boliviano, de Cinti y de Camargo, de Tupiza y de Cotagaita, de la región de Chichas y de los Lípez, hombres de Tarija y de Potosí, todos valientes, todos patriotas. Es digno mencionar los nombres de algunos de ellos para que sus actos heroicos no caigan en el olvido ni en la indiferencia generalizada.
Lino Morales era un tarijeño de gran valía, veterano de varias campañas bélicas, era consciente de que los bolivianos nunca han sido vencidos en su suelo, que la victoria en el campo de batalla la marca la rapidez y no la fuerza, este hecho le fue muy útil durante la batalla de Canchas Blancas.
A su lado se hallaba su hija, la entonces joven Isolina Morales, que cumplía las funciones de escribana de su padre para redactar comunicados y órdenes, a la vez que tenía tiempo de escribir cartas a los familiares de los soldados tarijeños que no sabían leer ni escribir, un acto de hermandad para con sus compatriotas.
Historiador
Fotografía: Reynaldo Zaconeta


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