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El feminicida, cual Frankenstein


Por: Claudia Espinoza I.

Una niña triste en el espejo me mira prudente y no quiere hablar. Hay un monstruo gris en la cocina que lo rompe todo, que no para de gritar…”. (Rozalén). Es cierto que no queremos ser número, pero a la hora de hablar sobre violencia, es imposible soslayar los 35 feminicidios registrados en el país en lo que va del año (cuando empecé a escribir eran 30). ¿Habrá casos no reportados que aumentan esa cifra? Las historias detrás de cada estadística conllevan varios tipos de violencia sistemática y duradera, que incluyen la psicológica, patrimonial, sexual, entre otras, que asentaron un dolor profundo y paralizador en un solo cuerpo y alma.

Se dice que cuando las mujeres aparecen muertas a manos de sus parejas es porque acumularon huellas sistemáticas de actos violentos, por lo que esa muerte no debiera ser solo parte del número de feminicidios, sino también de la base de datos de las otras violencias. Esta hipótesis toma sentido si partimos de que el feminicida no surge de un ataque pasional, de un shock emocional, ni de un odio abrupto. Por lo general, el feminicida cultiva la violencia. La psicología lo puede explicar mejor.

El perfil feminicida deambula por los resquicios del cuerpo y el alma, sembrando desde pequeñas violencias hasta culminar en el delito mayor: cesar la vida de la víctima. En ese devenir debilita y destruye toda resistencia posible. Va minando y avanza sobre la autoestima de la mujer, atrapada por el desafecto disfrazado de amor romántico.

Tal como Mary Shelley imaginó a los 19 años a Frankenstein —el monstruo de su primera novela, de 1818, producto de pesadillas y cuentos góticos de terror (la escritora británica tuvo que publicar con un pseudónimo de varón, a tono con el machismo de su tiempo), el feminicida está compuesto por diversas partes.

El asesino de una mujer acarrea una herencia secular, patriarcal y colonial hasta donde alcanza la memoria cuando era permitido maltratar y matar a las mujeres por ser “inferiores”, desobedientes, locas, hechiceras o indias. En un solo ser se combinan prejuicios, creencias y antivalores. Por ello, y con más argumento, resulta imprescindible enfocar el dato feminicida de manera integral, como una conjunción de violencias. Y también por ello, enfrentarlo o luchar contra él implica ocupar varios flancos.

Volvemos a insistir en la necesidad de concientizar, sensibilizar y trabajar desde la familia, la educación, la cultura, los medios de comunicación, la política y la Justicia. Porque no debe haber un dato tan variable como el feminicida, cambia al compás del tiempo actual, acelerado y puntual. Que las mujeres están avanzando en sus derechos y eso provoca el odio y la crueldad de sus muertes… menuda explicación, tenemos derecho a tener derechos.


Periodista boliviana; @warmiclau, http://ticswarmiclau.blogspot.com/


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